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Historia del malteado, el proceso para elaborar single malt whisky

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Un buen single malt whisky proviene de un correcto proceso de malteado, el cual consiste en tres etapas: remojo del grano, germinación y secado o tostado.

Este proceso es usado no solo para elaborar whisky puro de malta, sino también para la cerveza. Pero el malteado no es un procedimiento moderno, de hecho, su origen se remonta a las civilizaciones antiguas.

De la Antigüedad al single malt whisky: el origen del malteado

De acuerdo con Randy Mosher, autor del libro Tasting Beer, el proceso de malteado estaba establecido desde el año 3000 a.C., sobre todo dedicado a la cerveza.

Por su lado, Carlos Álvarez Fernández, director de Intermalta, explica que en Mesopotamia se tienen vestigios de una “malta original” de hace aproximadamente 10 mil años, que dio origen a una bebida fermentada con alcohol.

Los sumerios y los egipcios también tenían producciones de cebada y trigo para su fermentación. Durante estos periodos, las “primeras maltas” eran en realidad granos de cebada y trigo germinados; su técnica de secado debió ser al sol, en lugar de en hornos.

La primera documentación escrita que se tiene de una germinación controlada de estos granos es hasta la Antigua Grecia, en el siglo VII a.C.

Los galos y germánicos fueron quienes comenzaron a elaborar cerveza con malta de cebada y avena. Y hasta la Edad Media surgieron las primeras recetas de cerveza que indicaban las cantidades exactas de malta a usar.

Fue en el año 1325 que la corona inglesa legisló la producción de malta y, posteriormente, comenzaron a surgir procesos de malteado que no eran exclusivos de la cerveza.

En 1608, The Old Bushmills Distillery en Irlanda comenzó su producción de single malt whisky, la cual mantiene hasta el día de hoy.

Actualmente, un sinfín de destilerías llevan a cabo el proceso de malteado para fabricar whiskies y cervezas, principalmente.

¿Cómo reconocer un buen single malt whisky?

El proceso de malteado debe ser realizado por expertos y estar supervisado por el Master Distiller y Master Blender, quienes se encargan de perfeccionar el producto final.

Para catar un whisky puro de malta, un consejo es conocer e identificar los cuatro sabores característicos que puede tener:

  1. Ahumados o smokey. Pueden tener notas de olor muy fuerte, como la turba o el arenque.
  2. Con madera o rich. Aquí abundan los aromas a vainilla o frutos secos.
  3. Delicados. Tienen un aroma y sabor muy suaves, por lo que son perfectos para iniciados en el mundo del whisky.
  4. Ligeros. Sus notas evocan los cereales y frutas, por lo que son considerados de una gran frescura.

Cada single malt whisky tiene una personalidad propia que empieza desde el proceso de malteado, hasta su destilación y añejamiento. ¿Te animas a probarlo?